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¿QUÉ TIENE DE MALO EL TERRORISMO?
Richard Norman
¿Qué es lo que hace tan aterradores a los actos de terrorismo?
La pregunta parece ser obvia, pero la pregunta vale la pena analizarse,
porque nos lleva al corazón de la ética humanista. No sólo
es un asunto del número de gente que muere. Los ataques terroristas
en Nueva York y Washington el 11 de septiem-bre sorprendieron al mundo
por su escala masiva, pero no fue la escala de ellos lo que los hizo ser
actos de terrorismo. Otros asesinatos terroristas pueden tomar sólo
una o dos vidas. Lo que distingue al terrorismo es que es el asesinato
deliberado de gente inocente con el objetivo de esparcir miedo en la población
civil y por lo tanto forzar a los gobiernos a cambiar sus políticas.
Inocente es una palabra clave que necesita descifrarse. Digamos,
por ejemplo, que los miles de personas muertas en el World Trade Center
eran inocentes no significa que todos hayan llevado vidas
moralmente impecables. Eran probablemente una porción típica
de la humanidad: lo bueno y lo malo y todo lo que hay entre los dos. Se
desenvolvían en distintos tipos de trabajo corredores de
bolsa, administradores, secretarias, encargados, conserjes, además
de los bomberos y rescatistas que llegaron a la escena y luego fueron
aplastados por el colapso de las torres. Algunos de estos empleos podrían
haber sido deshonestos, otros buscaban cuidar las necesidades humanas
de una manera que nadie pudiera objetar. El punto es que el ataque no
tomó
en consideración esto. Las victimas fueron matadas simplemente
porque estaban ahí. El ataque fue indiscriminado en el sentido
que no era una respuesta a lo que eran ellos o lo que hacían. No
eran, al momento de ser matados, una amenaza directa para nadie. Simplemente
eran vidas que tenían que cobrarse, como medios de expandir el
miedo.
Contrastemos esto con, digamos, el clásico caso de matar en defensa
propia. Matar a otro ser humano siempre es en un sentido una cosa terrible
de hacer, pero en tal caso, si la víctima puede preservar su propia
vida sólo matando al atacante, entonces tal vez eso es lo necesario
y correcto por hacer. Si el atacante está apuntando deliberadamente
a la vida de la víctima y es responsable de lo que está
haciendo, entonces matar en defensa propia no es matar a alguien inocente.
Es la respuesta apropiada a lo que está haciendo. Esta comparación
nos ayuda a ver en qué sentido un asesinato terrorista indiscriminado
es el asesinato de un inocente.
Los ataques terroristas son una violación de la dignidad humana.
Esta es una frase muy apantalladora, pero en el contexto actual puede
ser dada en un sentido relativamente preciso. Los seres humanos no son
simples objetos, que se usan para los propósitos de otros. Son,
como lo dice el vocabulario filosófico, personas, seres
activos con sus propios propósitos. Pueden hacer cosas que son
terribles, pueden hacer cosas que son maravillosas, pero tratarlos según
lo que ellos mismos están haciendo aún en el caso
de matar al atacante es tratarlos como seres humanos. En las famosas
palabras del filósofo Immanuel Kant, es tratarlos como fines a
ellos mismos y no simplemente como medios para los fines de uno. El vocabulario
filosófico puede sonar complicado y oscuro, pero creo que señala
algo que es esencial para la moralidad humanista.
Referente a eso ahora quiero decir algo sobre la llamada Guerra
al Terrorismo y el bombardeo a Afganistán. Algunos han dicho
que los bombardeos son, a su vez, actos de terrorismo, y por lo tanto
son lo mismo que los ataques a Nueva York y Washington. Eso es una simplificación,
pero creo que señala una verdad importante. Los bombardeos no llegan
precisamente la definición de terrorismo. Creo que podemos permitir
que su propósito no es inducir miedo en la población civil
por medios deliberados de atacar al régimen gobernante. Podemos
permitir que los blancos sean militares y que el propósito es destruir
la infraestructura militar del régimen, como un preludio de usar
tropas terrestres en contra de los grupos terroristas en Afganistán
y en apoyo de las fuerzas de oposición afganas. Sin duda hay otros
objetivos en juego. Sin duda el Presidente Bush y el Sr. Blair, y sus
gobiernos, están motivados también por un deseo de demostrar
que no son blandos contra el terrorismo y que están
visiblemente haciendo algo, y por lo tanto apacigüen
la demanda de llevar a cabo alguna forma de venganza en nombre de sus
electores. Pero eso no hace, por si mismo, a los bombardeos un acto de
terrorismo.
Sin embargo, también sabemos que algunos, por lo menos, de los
blancos militares están en o cerca de centros de población.
Algunos de ellos, como los aeropuertos, pueden ser usados tanto por motivos
civiles como militares. Sabemos que han muerto civiles, y que morirán
más, como víctimas directas de los bombardeos. También
sabemos que muchos civiles están huyendo de las áreas atacadas,
aunado a lo que ya es un enorme problema de refugiados. Millones de afganos
ya estaban, antes de los bombardeos, sufriendo de hambruna este invierno
como resultado de años de sequía y guerra civil. Los bombardeos
no sólo han aumentado el número de personas que no tienen
hogar y no tienen qué comer, sino también han hecho mucho
más difícil llevar ayuda a los que la necesitan. No sabemos
el número de gente que morirá, pero sabemos que los bombardeos
directa o indirectamente traerán consigo muchas muertes de civiles
inocentes.
Los portavoces que han defendido los bombardeos han dicho que las casualidades
civiles son lamentables pero son efectos secundarios inevitables de los
ataques a blancos militares. Existe una tradicional distinción
moral entre muertes intencionadas y muertes previstas pero no intencionadas,
y el significado de esta distinción es un asunto que ha sido debatido
filosóficamente por mucho tiempo. ¿Qué tan lejos
nos llevará en el contexto presente? Existen sin duda casos donde
la distinción es altamente pertinente. Por ejemplo, el cuarto avión
del 11 de septiembre fue aparentemente derribado cuando algunos pasajeros
decidieron atacar a los secuestradores. Probablemente sabían que
el avión se estrellaría, matando a todos a bordo. Por supuesto
que no pretendían ese destino. Su intención era prevenir
a los terroristas de golpear otro blanco con el avión y causar
muchas más muertes y una destrucción mucho mayor, y sabían
que la única manera de prevenir esto era hacer lo que probablemente
los llevaría a sus propias muertes y la de los demás pasajeros.
Deliberadamente derribar un avión con la intención de matar
a todos los pasajeros hubiera sido una acción temeraria. Como fue,
el intento de detener a los secuestradores, conociendo lo que ocurriría
consecuentemente, fue una acción admirable y valiente.
A veces, entonces, la diferencia entre consecuencias intencionales y consecuencias
no intencionadas pero previstas hacen gran diferencia a la moralidad de
la acción. La diferencia, sin embargo, no le da carte blanche a
nadie para hacer lo que causaría la muerte de gente inocente, sólo
cuando las muertes son previstas pero no intencionadas. En el caso de
los bombardeos a Afganistán, no basta con decir que las casualidades
civiles no son intencionadas y por lo tanto deben de ser aceptadas. Pudieron
haber sido evitadas, si los gobiernos estadounidense y británico
hubieran decidido otras acciones. No pueden ser defendidos como el único
camino de lograr justicia o de prevenir algo aún peor.
Sabemos lo que hubiera sido una acción genuinamente discriminada
en esta situación. Si hubiera evidencia que algunos de los responsables
de estas acciones terroristas siguen vivos, y si la evidencia fuera lo
suficientemente buena para ser presentada en una corte judicial, entonces
se hubiera intentado capturar a los sospechosos y enjuiciarlos ante una
corte internacional imparcial. Es difícil ver como esto hubiera
sido hecho sin el uso de alguna fuerza militar para aprehender a los sospechosos,
pero una acción militar de ese tipo hubiera sido una respuesta
directa y apropiada a los actos de terrorismo. Todavía se podría
hacer. Pudo haber sido llevado a cabo sin matar a civiles inocentes.
Una acción militar en una guerra es menos discriminadora que eso.
Si las fuerzas armadas de un país se están defendiendo contra
una fuerza invasora, entonces sus operaciones son dirigidas en contra
de las fuerzas enemigas. Existe un sentido en el que esto sería
descrito como matar a un inocente. La mayoría de las
fuerzas armadas no se responsabilizaran de la decisión de comenzar
la guerra, o de su participación en ella. La mayoría de
ellos son soldados conscriptos, sin opción a no pelear. Aún
así, pelear en contra de ellos es responderles como soldados. Si
se mueren es por virtud de lo que están haciendo. Aunque cualquier
muerte es difícil de justificar, hay formas de pelear que distinguen
entre combatientes y no combatientes no están a la par con el terrorismo.
Bombardear, sin embargo, es por su propia naturaleza indiscriminado. Algunos
bombardeos son inequívocamente bombardeos terroristas. Los bombardeos
de ciudades por ambos lados en la guerra de 1939-45, por ejemplo, tienen
la intención deliberada de mermar la moral del enemigo al matar
civiles. Pero aún si los bombardeos están dirigidos a blancos
militares, no puede ser verdaderamente discriminatorios. Las bombas inteligentes
y los misiles inteligentes no son tan inteligentes. No pueden
distinguir entre combatientes y civiles. Aun si tienen éxito al
golpear precisamente un blanco militar, probablemente matarán a
todos los que estén cerca del blanco. Algunos de ellos fallarán
al blanco y caerán en zonas residenciales. En otros casos los blancos
serán identificados erróneamente, y lo que se creía
era un campo terrorista, por ejemplo, resultará ser un pueblo.
Tratar a las casualidades civiles resultantes como lamentables pero
inevitables es considerar a las vidas inocentes sin importancia.
No es literalmente lo mismo que terrorismo, pero es la moralidad del terrorista.
Publicado en New Humanist Invierno 2001
Traducido del inglés por Mario Méndez López
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